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La deconstrucción como base

El lenguaje es, según María Luisa Jiménez Rodrigo, “el sentido y medio central mediante el cual entendemos el mundo y construimos la cultura”, es por tanto, un “mediador entre el pensamiento y el mundo”, como dice Alexander von Humboldt. Muy a nuestro pesar, el lenguaje que predomina actualmente en nuestra sociedad es un lenguaje sexista, que media entre nosotras y nosotros y el mundo con un filtro discriminatorio. Y esto es porque, como explica Paul V. Kroskrity, “el ser humano recibe de sus mayores una determinada visión del mundo a través del lenguaje”. Nuestro lenguaje está obsoleto y la única forma de romper con eso es empezar por su deconstrucción.

Deconstrucción entendida como Derrida, como un proceso de revisión y concienciación interna necesaria para posteriormente crear un nuevo edificio basado en el respeto y la igualdad. Un proceso de revisión de la cultura androcéntrica que nos domina y sus estructuras patriarcales individual y colectivo.

“La lengua es hábito”, dice Mercedes Bengoechea, y como hábito es cambiante, moldeable, ajustable, es por ello que la deconstrucción del lenguaje empieza por cada uno y lo hace partiendo de la ruptura con los dos principales fenómenos del patriarcado: el androcentrismo y el sexismo.

El androcentrismo mantiene la idea de que el hombre, y esta no es una referencia de masculino genérico, está situado dentro de todas las cosas y se establece como la referencia. Por tanto, según esto, la mirada masculina es la universal y se generaliza para toda la humanidad. Ahí es nada. El sexismo, por su parte, y como explica la científica Eulalia Pérez, es un comportamiento que desprecia un sexo según su biología, perpetua la dominación de los varones y la subordinación de las mujeres.

No hace falta darle muchas vueltas para darnos cuenta de que sí, nuestro lenguaje es, como lo definen Daule y Gnecco, patriarcal, concepto que usan precisamente para referirse a los fenómenos sexistas y androcéntricos de la lengua. Y estos dos fenómenos afectan de manera diferente a nuestro lenguaje.

Por un lado, el lenguaje es androcéntrico porque oculta, en numerosos casos, la presencia de las mujeres o la subordina a la presencia masculina. Por ejemplo en el uso reiterado del masculino genérico, en la ausencia o negación de nombres para denominar en femenino ciertas profesiones. Según la RAE no podemos decir la pilota, pero cuando los hombres empezaron a dedicarse al noble arte de la costura, les faltó tiempo para que fuera correcto decir el modisto.

Por otro lado, el lenguaje es sexista porque propone a las mujeres de manera sesgada, parcial y discriminatoria. Ejemplos no faltan, ¿por qué a las mujeres se nos puede tratar como Señoras o Señoritas y a los hombres solo como Señores con toda la carga conceptual que arrastran estos tratamientos? El tratamiento de cortesía que recuerda “su dependencia” del varón es uno de estos ejemplos. También lo son las asociaciones verbales que relacionan a la mujer con la idea de debilidad, pasividad o labores domésticas; así como la existencia de un orden jerárquico para nombrar a mujeres y hombres, véase “Señores y señoras, hombres y mujeres…”

Los mecanismos verbales del lenguaje patriarcal son muchos, aunque siempre parten de las mismas raíces. Si consideramos la lengua una institución humana, como la define Mercedes Bengoechea, podemos empezar por preguntarnos qué tipo de institución queremos que medie entre nuestros pensamientos y el mundo y empezar así una deconstrucción del lenguaje actual que nos ayude a crear los cimientos de un lenguaje inclusivo basado en el respeto, la igualdad y la identidad.

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